miércoles, 14 de octubre de 2026

México está fallando a sus jóvenes… y está abandonando a sus maestros

 

El asesinato de una maestra en la Región Lagunera de Coahuila, cometido por jóvenes exalumnos, no es una tragedia aislada: es una advertencia. Una advertencia que el Estado Mexicano se niega a escuchar. Mientras funcionarios repiten discursos vacíos sobre “escuelas seguras”, la realidad es brutal: la violencia juvenil se ha desbordado y la escuela está sola, desarmada y expuesta.

Durante años, los menores de edad han sido utilizados como carne de cañón por el crimen organizado. Reclutados, secuestrados, manipulados, moldeados. Y cuando no fueron obligados, fueron seducidos: dinero inmediato, poder simbólico, reconocimiento entre pares. ¿Qué ofreció el Estado a cambio? Nada. Ni protección, ni alternativas, ni presencia institucional. Los jóvenes aprendieron que la violencia funciona, que da estatus, que abre puertas. Y lo aprendieron porque nadie les enseñó otra cosa.

La escuela recibe hoy a adolescentes que crecieron en entornos donde la violencia es un lenguaje cotidiano. Jóvenes que han visto cómo la autoridad se diluye, cómo la impunidad se normaliza, cómo los límites se rompen sin consecuencias. Y, aun así, se pretende que los docentes —sin capacitación, sin respaldo jurídico, sin protección física— contengan solos un fenómeno que nace fuera de las aulas.

La implementación de la Declaración de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes fue otro golpe disfrazado de avance. Se les habló de derechos, pero nunca de obligaciones. Se les dijo que podían exigir, pero no que debían respetar. Se les dio libertad sin guía, autonomía sin acompañamiento, poder sin responsabilidad. Y luego, cuando los límites se desdibujaron, se culpó a los maestros por no “manejar adecuadamente” la conducta juvenil.

Hoy, cualquier intento de disciplina se interpreta como abuso. Cualquier llamado de atención, como trauma. Cualquier límite, como represión. Mientras tanto, los docentes trabajan con miedo. Miedo a la violencia, miedo a las represalias, miedo a ser acusados por hacer su trabajo. ¿Dónde está el Estado cuando un maestro enfrenta solo a un adolescente violento? ¿Dónde está cuando una comunidad entera normaliza el daño? ¿Dónde está cuando la escuela se convierte en territorio de riesgo?

La violencia juvenil no es un problema escolar. Es un problema nacional. Y es un fracaso del Estado Mexicano.

Un país que abandona a sus jóvenes está condenado. Pero un país que abandona a sus maestros está perdido.

Si México quiere frenar esta espiral, debe dejar de fingir que la escuela puede resolver sola lo que la política pública ha ignorado durante décadas. Se necesita reconstruir el tejido comunitario, devolver autoridad pedagógica, acompañar el ejercicio de derechos con el aprendizaje de obligaciones y proteger a quienes sostienen la última frontera de la convivencia social: los docentes.

La violencia juvenil no se va a detener con discursos. Se va a detener cuando el Estado deje de mirar hacia otro lado.

Lic. Josefina Sanchez Ponce

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