martes, 29 de septiembre de 2026

Entre sexenios y simulaciones: la educación mexicana paga el precio de la política

 

La sabiduría popular dice que nadie tropieza con la misma piedra dos veces. Pero México insiste. Cuando la soberbia se vuelve política pública, el país no solo tropieza: se aferra a la piedra como si fuera destino.

Desde que el gobierno de Peña Nieto abrió la puerta a la privatización de la educación básica —culpando a los maestros de la debacle educativa, reduciendo los estándares mínimos de aprendizaje y prohibiendo la repetición de grado aun cuando no se alcanzaran los aprendizajes esenciales— el retroceso ha sido constante, profundo y, hasta ahora, irreversible.

Hoy vemos los resultados. Cientos, quizá miles de jóvenes han egresado sin comprensión lectora funcional, sin dominio de operaciones matemáticas básicas y con conocimientos apenas superficiales de ciencias y humanidades. La consecuencia es brutal: una generación destinada a trabajos repetitivos, mecánicos, sin espacio para la creatividad ni la movilidad social. Jóvenes convertidos en operarios silenciosos, sin herramientas para reclamar derechos laborales y sin esperanza de una pensión digna en la vejez.

Y otra vez, niñas y niños obtienen resultados muy por debajo de los estándares internacionales en la economía global en la que el propio gobierno mexicano presume haber insertado al país.

Pero en lugar de asumir responsabilidades, comienza la cacería de culpables. Porque reconocer que la manipulación de la Educación Pública —dictando planes y programas a modo para asegurar lealtad sexenal y partidista— es la raíz del fracaso escolar, implicaría admitir que la educación no es prioridad de quienes gobiernan, sino un instrumento político.

La sociedad tampoco queda exenta. Ha sido seducida por becas sin esfuerzo, presentadas como equidad, mientras renuncia a exigir calidad educativa. Prefiere pagar escuelas privadas que imponen disciplina y mínimos de aprendizaje, mientras tolera que la educación pública se desmorone frente a sus ojos.

Y ahora, un año más, llegan las medidas emergentes. De nuevo serán las maestras y los maestros —con grupos saturados, aulas paupérrimas y recursos insuficientes— quienes deberán hacer malabares para que, bajo la Nueva Escuela Mexicana, niñas y niños tratados entre algodones aprendan en meses lo que no han aprendido en años.

Los resultados no son un accidente: son el reflejo de decisiones que han debilitado la formación docente, la evaluación, la infraestructura y la gobernanza educativa. México necesita una política de Estado que trascienda sexenios, que garantice estándares, inversión y continuidad. Porque mientras la educación siga subordinada a la lógica partidista, el país seguirá reprobando, no por falta de capacidad, sino por falta de visión en quienes deberían proteger su futuro.