Un aula sin maestro. Cuando enseñar se vuelve un acto de riesgo, el silencio también educa.
Hay una película
española ambientada en el apogeo del franquismo, La lengua de las mariposas.
En ella, un maestro mayor enseña ciencias, matemáticas y literatura a los niños
de un pequeño pueblo. Les enseña a pensar, a reflexionar y a comprender que las
acciones tienen consecuencias. Su verdadero delito no es político ni religioso:
es formar ciudadanos capaces de cuestionar la injusticia.
En el clímax, las
élites del pueblo lo denuncian por “comunista” y “ateo”. Logran expulsarlo y,
en la escena final, uno de sus alumnos —repitiendo lo que escucha de los
adultos— lo insulta y le lanza piedras. No entiende lo que dice, pero reproduce
la violencia que ha aprendido.
Esta semana, en México, volvimos a enfrentar una tragedia: dos maestras asesinadas dentro de su escuela por un adolescente con acceso a un arma. Un joven que, sin comprender que sus actos tienen consecuencias, descargó su ira de la forma más destructiva. Eso es lo que aparece en los titulares: lo visible, lo inmediato, lo que vende.
Pero debajo de esa
superficie hay una realidad más profunda: en México, la violencia se ha
convertido en una institución tolerada desde espacios de poder político y
económico.
Hoy, para ser
maestro basta un título y aprobar un examen de oposición. No se exige formación
pedagógica, ni comprensión del desarrollo infantil, ni vocación. Al mismo
tiempo, los docentes son estigmatizados por la crisis educativa, mientras se
sostiene un sistema donde prácticamente nadie puede ser suspendido o reprobado.
Niños y adolescentes crecen sin aprender que sus actos tienen consecuencias.
Los pocos maestros
que aún desean formar ciudadanos se enfrentan a un país donde los asesinatos
rara vez tienen responsables, los robos quedan impunes, los fraudes no llevan a
nadie a prisión y la corrupción gobierna. Día tras día observan que, en la práctica,
las acciones no tienen consecuencias.
¿A quién reclamar?
El secretario general del SNTE es senador por el partido en el gobierno, (antes fue militante del PRI y de Nueva Alianza), y hoy ha alineado a la dirigencia sindical con el oficialismo, desde esa posiciòn ¿cómo va a señalarque la crisis educativa
existe porque no hay una política educativa clara, coherente
y responsable con la nación?
¿Qué autoridad
defenderá a los maestros si desde las más altas esferas se promovió la idea de
que los docentes son flojos, ineptos o corruptos, preparando el terreno para
que la educación privada se perciba como la única opción “de calidad”?
El daño está
hecho. El asesinato de estas dos maestras se suma a una lista dolorosa. El
duelo de sus familias se resolverá con seguros y silencio institucional. El
adolescente será enviado a tratamiento psicológico. Y, una vez más, no habrá
consecuencias reales.
Mientras tanto,
quienes siguen frente a grupo callarán por supervivencia. Cumplirán su papel de
guardianes y aprobarán generación tras generación de jóvenes que, al llegar al
mundo laboral, reproducirán lo que aprendieron durante años: “Tengo derechos, pero
ninguna obligación”.
Y así, entre
impunidad, abandono y discursos que desprecian la labor docente, seguimos
matando profes.
No siempre con balas. A veces con indiferencia. A veces con silencio.
Y siempre, siempre, con consecuencias que nadie quiere asumir.






