martes, 28 de abril de 2026

LA EDUCACIÓN PÚBLICA COMO DERECHO UNIVERSAL

 


La formación docente se sostiene en teorías pedagógicas que explican cómo niñas, niños y adolescentes construyen conocimiento. Para quienes ejercemos la docencia, estas teorías son indispensables. Sin embargo, comprender cómo se aprende no basta para responder una pregunta esencial: ¿para qué existe la educación pública y por qué el Estado debe garantizarla?

Hoy, en México, esta pregunta es urgente. La educación pública atraviesa una crisis profunda: los planes y programas que deberían orientar el rumbo educativo se diseñan desde perspectivas que privilegian el control ideológico antes que la formación crítica. La escuela pública, que durante décadas fue motor de movilidad social, parece haber perdido su sentido original.

Un proyecto histórico que transformó al país

La educación pública moderna nació en el contexto de la Revolución Industrial, cuando los Estados reconocieron la necesidad de alfabetizar a una población rural y analfabeta que se incorporaba al trabajo fabril. Antes de ese momento, aprender a leer y escribir era un privilegio reservado a élites económicas y religiosas; la mayoría de la población permanecía en el analfabetismo.

En México, la consolidación de un sistema educativo nacional tomó forma tras la Guerra de Reforma. Bajo el liderazgo de Benito Juárez y con figuras como Ignacio Altamirano, Gabino Barreda, Justo Sierra y José Vasconcelos, se impulsó un proyecto educativo laico, científico y humanista. La escuela pública se concibió como un espacio para formar ciudadanía, ampliar horizontes y construir un país moderno.

A pesar de las tensiones políticas —como la inclusión del término “socialista” en el artículo tercero constitucional— la escuela pública cumplió durante décadas una función democratizadora. De sus aulas egresaron profesionistas, técnicos y trabajadores que transformaron la vida económica y social del país.

Cuando la educación pública dejó de ser prioridad

Con el paso del tiempo, la educación pública comenzó a verse como una carga presupuestal. Este cambio simbólico abrió la puerta al crecimiento de la educación privada, muchas veces asociada al prestigio más que a la calidad. Paralelamente, los programas educativos se simplificaron y los gobiernos se conformaron con indicadores numéricos: menos analfabetismo, más años de escolaridad. La calidad dejó de ser el centro del debate.

En este contexto, prácticas fundamentales para el aprendizaje —como la evaluación rigurosa o la disciplina escolar— se reinterpretaron como violaciones a derechos, sin considerar que la ausencia de límites también vulnera el desarrollo integral de las infancias. La contradicción es evidente: se evita “coartar libertades” en la escuela, mientras el Estado mantiene prácticas punitivas que ignoran la presunción de inocencia en la vida adulta.

La crisis reciente: un deterioro que ya no se puede ocultar

Durante los últimos 25 años, y con mayor intensidad tras el confinamiento por COVID-19, la crisis educativa se profundizó. Hoy enfrentamos:

Ø  Alfabetos funcionales que no comprenden textos básicos,

Ø  Dificultades para resolver operaciones matemáticas sin apoyo tecnológico,

Ø  Estancamiento en ciencias exactas,

Ø  Brechas crecientes entre educación pública y privada,

Ø  y, según la OCDE, solo un 1% de los egresados alcanza niveles de competencia adecuados.

Estos datos no son solo cifras: son señales de un sistema que ha dejado de cumplir su función social.

La pregunta que no podemos seguir posponiendo

Si la educación pública nació para garantizar igualdad y movilidad social, resulta indispensable preguntarnos:

¿Cómo puede el Estado asegurar el derecho a la educación si no garantiza condiciones mínimas de calidad para todas las infancias?

Reconocer la calidad educativa como un derecho universal no es un lujo ni una aspiración idealista: es una condición necesaria para construir un país más justo, más democrático y humano.

Lic. Josefina Sànchez Ponce

No hay comentarios: